El porno nos ha enseñado formas de significar más allá de los susurros: ¿por qué iba a querer ver la pasión misma? No, lo que interesa aquí es la imagen de la pasión. QUiero que representenes eso mismo que quiero que sientas; no quiero que simplemente lo sientas y como quiero verte sentirlo no se trata de que lo sientas sino de que me muestres tu intención de mostrarme lo que sientes. En el porno la intención ha subsumido la sensación y el gesto, contra cualquier acusación de impudico es mucho más cortés de lo que uno imagina.
La teatralización del sexo, esto es, el porno, es la cortesía de los sentimientos, y para entenderlo no hay más que acudir al ejemplo de enamorado para ver como él se desvive por reconocer la intención de su objeto amado. Efectívamente, busca en aquello y trata de ver si la demora es un desinterés u otro posible amante con el que ha decicido operar una sustitución (tanto peor si es momentanea, pues yo me la juego a cada momento y una pérdida aquí se expande a toda la eternidad). El que ama se deshace en la interpretación de los signos, no puede gozar precisamente porque no puede ver la intención del otro. Cada signo remite a otro y cada interpretación está abierta a otra. Como la cosa no acaba el goce no empieza.
Pero el porno es distinto: se excede en la contorsión y en la palabra hasta el punto que revela bajo ese exceso la intención del partner. Lo que el enamorado no consigue nunca ver lo sirve el porno en bandeja. Pocos tienen ese gesto comprensivo de hacer llegar al otro el signo que neceistan, la liberación para que se entreguen al placer tranquilo, el gesto en el cual aplacar a la inquisitiva conciencia. El porno con su exceso, -¡oh si, dámelo todo!-, muestra la intención. Como algo más leve que lo teatralizado aparece el deseo (en absoluto disminuido) de quien ha hablado o gesticulado. hay que obrar el exceso para llegar al otro y esto lo sabe el porno. Su barroquismo es la cortesia teatral que aplaca nuestra conciencia y la invita a gozar.
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